La Caja Oblonga


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¡¡¡Ahora te toca a ti!!! Tienes seis historias para elegir.  Lee una y será suficiente para abrir un candado. Ahora bien, si la curiosidad te lleva a leer más, o todas, las cadenas que liberarás son las de tu imaginación

¡¡¡EMPIEZA EL JUEGO!!!

PRIMERA HISTORIA

MANOS

de Elsa Bornemann

Resumen

Para Martina, Camila y Oriana las tormentas les producen un pánico terrible, es así que intentarán superar el miedo y la soledad, agarrándose de las manos. Lo que no podían imaginar estas tres dulces niñas, es que sus pequeñas manitas nunca habían estado tan lejos las unas de las otras…

 Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia “de miedo” cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano.

Me aseguraba que había sucedido en un pue blo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía… No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal aconteci miento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuer do es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.

—¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa…

Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.

Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos — como tantas otras que sospe cho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez.

Y una y otra vez la conté yo misma —años des pués— a mis propios “sobrinhijos” así como —aho ra— me dispongo a contártela: como si — también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras:

—¡Dale, tía; dale, mami, un cuento “de miedo”! Y bien. Aquí va.

Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas. No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas.

De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.

¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer…

Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.

Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de “claqué. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.

—¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.

La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubica ban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de zapateo americano.

Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles.

Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.

La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de “claqué” y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos.

Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.

Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportuni dad que pasaban en esa casa.

Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo).

En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz.

En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana.

En la cama del medio, Oriana, porque era mie dosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.

Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Termina ba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:

—La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.

¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupa das como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos des pués de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos rui dos de la tormenta que —finalmente— había decidi do desmelenarse sobre la noche.

Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes.
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permane cían calladas, tragándose la inquietud. Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo.

La cama de Oriana fue —entonces— la más ilumi nada de las tres ya que—al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.

—No pasa nada. La tormenta empeora la situa ción, eso es todo —decía

Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.
Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más coraju das— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.

Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastan te, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces se apagaron de golpe.

—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.

Sólo encontró las manos de sus amigas, hacien do lo propio.
—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.
—¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad hacien do travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos…

Oriana se echó a llorar, desconsolada.

—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!

—”¡Hay que!” “¡Hay que!” ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca!

—¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan?

Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.

—Buaaaah… ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas… Sean buenitas… Buaaah…

Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó — entonces— cual si fuera una heramana mayor.

—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila… Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?

—¿Q–ué..? —balbuceó Oriana.

—¿Qué cosa? —Camila también se mostró intere sada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:

—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron.

Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.

—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados…
—En cambio, nosotras… —completó Martina— sólo con una mano…
Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.

Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!

—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.

—No tan valientes, señora… Al menos, yo no… —susurró Oriana, algo avergonzada por su compor tamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos…

Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustar se demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron:

—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora…
—Estirarnos los brazos así, como ahora…
—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora…
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera. ¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos! Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.

—¿Las manos de quién?—exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.

—¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos! Manos.

Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí. Manos humanas. Manos espectrales.

(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantas mas también tengan miedo… y nos necesiten…)

FIN

SEGUNDA HISTORIA

LA PATA DE MONO

de W.W. Jacobs

Sinopsis

Una pata disecada de mono con poderes mágicos llega a la casa de los White. Lo que al principio era solo un objeto lleno de leyendas se convirtió en un amuleto con terribles consecuencias.

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

—Oigan el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.

—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.

—Mate —contestó el hijo.

—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, éste es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

—El sargento-mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.

—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.

—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.

—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.

—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.

—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.

—Se cumplieron —dijo el sargento.

—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.

—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?

—No sé —contestó el otro—. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.

—Si usted no la quiere, Morris, démela.

—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

—¿Cómo se hace?

—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

—Parece de las Mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.

—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.

—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.

—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.

—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.

—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.

—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.

—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.

—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

—Lo siento… —empezó el otro.

—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.

—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.

—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

—Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

—Doscientas libras —fue la respuesta.

Sin oir el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.

—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

—La quiero. ¿No la has destruido?

—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

—Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

—¿Pensaste en qué? —preguntó.

—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.

—¿No fue bastante?

—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

—Dios mío, estás loca.

—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

—Fue una coincidencia.

—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

—¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

—¡Pídelo! —gritó con violencia.

—Es absurdo y perverso —balbuceó.

—Pídelo —repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

—Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

—¿Qué es eso? —gritó la mujer.

—Un ratón —dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

—¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.

—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.

—¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

FIN

TERCERA HISTORIA

LA RESUCITADA

de Emilia Pardo Bazán

Sinopsis

¿Se imaginan algo más cruento que ser enterrado vivo? Para averiguarlo sólo tienen que hablar con La Resucitada…

Ardían los cuatro blandones soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas, y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo.

Bien sabía que no estaba muerta: pero un velo de plomo, un candado de bronce le impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía -como se percibe entre sueños- lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla. Escuchó los gemidos de su esposo, y sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobrada el sentido, y la sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla, sino realidad. Allí el féretro, allí los cirios… y ella misma envuelta en el blanco sudario, al pecho el escapulario de la Merced.

Incorporada ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía; qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro. En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados, a la cripta, volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos cambió su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas, sería inútil. Y de esperar al amanecer, en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena… Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.

Era suya: pertenecía a su familia en patronato. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata, a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó… Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.

Diez pasos hasta su morada… El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón, trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. «¿Esta casa es mi casa, en efecto?», pensó al secundar el aldabonazo firme… Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:

-¿ Quién? ¿ Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?

-Abre, Pedralvar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara… ¡Abre presto!

-Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarte … !

-Soy doña Dorotea … Abre… ¿No me conoces en el habla?

Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió a través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito…

Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea –ya vestida de acuchillado terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas, y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal- que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto… De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años, don Félix, de nueve, ¿no habían llorado de puro susto, cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que se la llevaban… ¡Ella, que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevara hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que le devolvía a la esposa y a la madre.

Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas. Desde su vuelta al palacio, disimuladamente, todos la huían. Dijérase. que el soplo frío de la huesa, el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa de vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso, que los niños sospechan aunque no lo conozcan… Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo que huye de una maldita aparición…

Por su parte, el esposo-guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla- no había vuelto a rodearle con su fuerte brazo la cintura… En vano la resucitada tocaba de arrebol sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares y vertía sobre su corpiño pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca -funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente, pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes, atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.

«De donde tú has vuelto no se vuelve… »

Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero, que partía con el tercio a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto, se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla del Cristo, y al retirarse el sacristán cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…

FIN

CUARTA HISTORIA

EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

de Horacio Quiroga

Sinopsis

 Alicia, una joven angelical, cada vez está más debilitada, tras numerosos análisis médicos,no consiguen dar con su padecimiento, lo que nadie se imaginaba se descubre tras la  agónica muerte de la dulce chica: Alicia, sin saberlo, dormía cada noche con su enemigo…

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses (se habían casado en abril) vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte.

Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst… -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

FIN

QUINTA HISTORIA

LA MUJER INDIA

de Bram Stoker

Sinopsis

La muerte de un pequeño desatará una lenta, estudiada y escalofriante venganza por parte de su madre. Una conducta que nos sorprende aún más al tratarse de una gata negra.

En aquella época, Nuremberg no era tan visitada como desde entonces lo ha sido. Irving no había estado representando el Fausto, y el nombre de la antigua ciudad era apenas conocido por la gran masa de los turistas. Mi esposa y yo nos encontrábamos en la segunda semana de nuestra luna de miel, y, naturalmente, estábamos deseando que alguien se nos uniera; de modo que cuando el jovial extranjero, Elías P. Hutcheson, procedente de Isthmain City, Bleeding Gulch, Maple Tree Country, Nebraska, coincidió con nosotros en la estación de Francfort y comentó casualmente que iba a visitar la más matusalénica de las ciudades de Europa, y que opinaba que viajar tanto tiempo solo era algo capaz de enviar a un inteligente y activo ciudadano a la melancólica tutela de una casa de orates, nos apresuramos a recoger la sugerencia y, por nuestra parte, le propusimos unir nuestras fuerzas.

Cuando más tarde comparamos las notas de viaje que habíamos hecho, descubrimos que cada uno de nosotros había tratado de hablar con cierta indiferencia, a fin de no aparecer demasiado ansiosos, ya que ello no hubiera resultado un cumplido precisamente para nuestra vida de recién casados; pero el efecto quedó completamente estropeado por el hecho que ambos empezamos a hablar al mismo tiempo…, nos detuvimos simultáneamente y así vuelta a empezar. De todos modos, no importa cómo, el asunto resultó, y Elías P. Hutcheson se convirtió en miembro de nuestro grupo. Desde luego, Amelia y yo encontramos beneficioso el cambio; en vez de pelearnos continuamente, como habíamos estado haciendo, descubrimos que la influencia coercitiva de un tercer elemento era tal, que no hacíamos más que buscar una ocasión de encontrarnos a solas en algún rincón. Amelia dice que desde entonces, como resultado de aquella experiencia, aconseja a todas sus amigas que se lleven a algún conocido en su viaje de novios. Bueno, «hicimos» Nuremberg juntos, y gozamos lo indecible con la charla y los comentarios de nuestro amigo transatlántico, el cual, a juzgar por lo que contaba, había corrido suficientes aventuras como para llenar una extensísima novela. En nuestro recorrido por la ciudad guardamos para el final la visita al castillo, y el día señalado para aquella visita dimos la vuelta a la muralla exterior de la ciudad por el lado oriental.

El castillo está edificado sobre una roca que domina la ciudad, y en su parte septentrional está defendido por un foso muy profundo. Nuremberg ha tenido la suerte de no haber sido saqueada nunca; de no ser por esta circunstancia es evidente que no estaría tan flamante como está ahora. El foso no había sido utilizado durante siglos, y en la actualidad su base está llena de jardines y de huertos, algunos de cuyos árboles han alcanzado un respetable tamaño. Mientras andábamos alrededor de la muralla, acariciados por el cálido sol de julio, nos deteníamos a menudo para contemplar los panoramas que se extendían ante nosotros, y de un modo especial la gran llanura cubierta de torres y de aldeas y bordeada de una azulada línea de colinas, como un paisaje de Claude Lorraine. Desde allí, nuestra mirada se dirigía siempre con nuevo deleite a la propia ciudad, con sus miradas de fantásticos aleros y sus tejados rojos, moteados de buhardillas, hilera sobre hilera. A nuestra derecha se erguían las torres del castillo, y todavía más cerca, con su aspecto impresionante, la Torre de la Tortura, la cual era, y es, quizás, el lugar más interesante de la ciudad. Durante siglos, la tradición de la Virgen de Hierro de Nuremberg ha sido citada como ejemplo de los abismos de crueldad de los que es capaz el hombre; era una de las cosas que más nos habían atraído antes de emprender el viaje; y al final la teníamos al alcance de nuestra mano como quien dice.

En una de nuestras pausas nos inclinamos sobre la muralla de la fortificación y miramos hacia abajo. El jardín parecía encontrarse a unos quince metros debajo de nosotros, y el sol caía de lleno en él calentándolo como un gigantesco embudo. El calor ascendía hasta nosotros, aumentando nuestra modorra, y resultaba muy agradable permanecer allí, holgazaneando, apoyados en la muralla. Además, inmediatamente debajo de nosotros, había un agradable espectáculo: una enorme gata negra tendida al sol, mientras a su alrededor retozaba alegremente un gatito negro. La madre agitaba su cola para que el gatito jugara con ella, o alzaba sus patas y empujaba al pequeño como estimulándole en sus juegos. Estaban al pie mismo de la muralla, y Elías P. Hutcheson, deseando compartir el juego, se inclinó a recoger del suelo una piedra de regular tamaño.

—¡Miren! —dijo—. Voy a dejar caer esta piedra cerca del gatito, y madre e hijo se preguntarán de dónde les ha llovido.

—¡Oh, tenga cuidado! —dijo mi esposa—. ¡Puede usted tocar al pequeñín!

—Ni pensarlo, señora —dijo Elías P. —. Aquí donde me ve, soy tan tierno como un cerezo del Maine. Dios sabe que no le causaría ningún daño a ese gatito, del mismo modo que no escalparía a un niño… Mire, voy a tirarla lejos de la muralla, para que no caiga demasiado cerca de los animalitos.

Se inclinó sobre la muralla, alargó el brazo todo lo que pudo y dejó caer la piedra. Es posible que exista una fuerza de atracción que arrastre la materia mayor hacia la menor; o más probablemente que la muralla no fuera completamente vertical, sino algo saliente en la base: desde arriba no podíamos apreciar la inclinación. Lo cierto es que la piedra cayó directamente sobre la cabeza del gatito, con un horrible chasquido que llegó hasta nosotros a través del cálido aire, esparciendo sus pequeños sesos por el suelo. La gata negra dirigió una rápida mirada hacia arriba, y vimos sus ojos como fuego verde clavarse un instante en Elías P. Hutcheson; luego su atención se volvió hacia el gatito, el cual yacía inmóvil, agitando únicamente y a intervalos sus diminutos miembros, mientras un delgado arroyuelo rojo fluía de su herida. Profiriendo lastimeros maullidos, que recordaban los lamentos de un ser humano, la gata se inclinó sobre su hijo, lamiendo su herida, sin dejar de maullar.

De repente pareció darse cuenta que estaba muerto, y de nuevo alzó sus ojos hacia nosotros. Nunca olvidaré aquel espectáculo, ya que la gata parecía la perfecta encarnación del odio. Sus ojos verdes ardieron con un fuego cárdeno, y los blancos y agudos dientes casi brillaron a través de la sangre que manchaba su boca y sus bigotes. Rechinó los dientes y extendió las patas delanteras mostrando sus garras en toda su longitud. Luego dio un salto salvaje, encaramándose por la muralla, como si quisiera llegar hasta nosotros, pero cuando terminó el impulso cayó hacia atrás, y su aspecto se hizo todavía más horripilante, ya que cayó sobre el cadáver del gatito, y se levantó con la piel de la espalda manchada de sesos y de sangre. Amelia estuvo a punto de desmayarse, y tuve que arrastrarla fuera de la muralla. Había un banco cerca de allí, a la sombra de un plátano silvestre, y la senté en él mientras se recobraba. Luego me acerqué de nuevo a Hutcheson, que seguía en el mismo sitio, contemplando al rabioso animal.

Cuando me reuní con él, dijo:

—Bueno, creo que es la bestia más salvaje que he visto en mi vida…, a excepción de una mujer india, una apache, que le tomó un odio mortal a un mestizo apodado Splinters, quien le había robado a su hijo en una incursión, sólo para demostrarle al niño que tenía en cuenta lo que los indios habían hecho con su madre, sometiéndola a la tortura del fuego. La mujer siguió a Splinters durante más de tres años, hasta que consiguió tenderle una emboscada. Dicen que ningún hombre, blanco o mestizo, ha tardado tanto en morir bajo las torturas de los apaches. Llegué al campamento en el momento en que Splinters entregaba su alma a Dios, y no lamentaba hacerlo. Era un hombre duro, y aunque yo no volví a estrechar su mano después de aquel asunto del niño, ya que fue algo horrible, y Splinters debió portarse como un hombre blanco, ya que su aspecto era de blanco, creo que lo pagó con creces.

Mientras estaba hablando, la gata continuaba en sus frenéticos esfuerzos por encaramarse por la pared. Tomaba impulso y saltaba hacia delante, alcanzando a veces una increíble altura. No parecía importarle la pesada caída que seguía a cada una de sus tentativas, y cada vez volvía a empezar con renovado vigor. Y a cada caída su aspecto se hacía más horrible. Hutcheson era un hombre bondadoso —mi esposa y yo lo habíamos visto mostrarse cariñoso con los animales, lo mismo que con las personas—, y parecía muy afectado por la rabiosa actitud de la gata.

—¡Vaya! —exclamó—. El pobre animalito está desesperado. Vamos, vamos, minino, no te lo tomes así… Fue un accidente, y todo esto no servirá para devolverte a tu pequeño. ¡Que haya tenido que sucederme esto a mí! Para que vea a lo que puede conducir un juego, al parecer inofensivo…

Parece que estoy condenado a no poder jugar, ni siquiera con un gato. Oiga, coronel —tenía la divertida costumbre de endosarle títulos a todo el mundo—, espero que su esposa no me guardará rencor por lo que ha sucedido… Yo soy el primero en lamentarlo, y muy de veras.

Se acercó al lugar donde estaba Amelia y se disculpó calurosamente, y ella, con su habitual bondad, se apresuró a tranquilizarlo, diciéndole que comprendía que había sido un accidente. A continuación nos acercamos de nuevo a la muralla y miramos hacia abajo.

La gata, al perder de vista el rostro de Hutcheson, había retrocedido unos pasos y estaba sentada sobre sus patas traseras, como disponiéndose a saltar. En efecto, en cuanto volvió a verlo saltó, con un furor irracional y ciego, que hubiera sido cómico, quizás, en otras circunstancias, pero que en aquellos momentos resultaba espantoso. Esta vez no trató de trepar por la muralla, sino que botó sobre sí misma como si el odio y la rabia pudieran prestarle alas para volar hasta nosotros. Amelia, mujer al fin, estaba muy preocupada, y le dijo a Elías P. en tono de advertencia:

—¡Oh! Tenga usted mucho cuidado. Ese animal trataría de matarlo, si estuviera aquí. En sus ojos hay un brillo asesino.

Nuestro compañero se echó a reír jovialmente.

—Discúlpeme, señora —dijo—, pero no he podido contener la risa. ¡Imaginar a un hombre que ha luchado contra los indios y contra los osos, asesinado por un gato!

Cuando la gata le oyó reír, su conducta pareció cambiar. Ya no trató de encaramarse por la muralla, ni botó sobre sí misma, sino que se tranquilizó súbitamente, y sentándose de nuevo junto al gatito muerto empezó a lamerlo y a acariciarlo como si estuviera vivo.

—¡Miren! —dije—. El efecto de un hombre realmente fuerte. Incluso ese animal, en medio de su

furia, reconoce la voz de un dueño y se inclina ante él…

—Igual que una mujer india —fue el único comentario de Elías P. Hutcheson, mientras proseguíamos nuestro camino alrededor del foso.

De cuando en cuando, nos asomábamos a la muralla y cada vez veíamos a la gata que nos estaba siguiendo. Al principio dejó atrás al gatito muerto, pero cuando la distancia se hizo mayor fue en busca de él, lo tomó entre sus dientes y continuó siguiéndonos. Al cabo de un rato, sin embargo, lo abandonó, ya que vimos que nos seguía sola; seguramente había ocultado el cadáver en alguna parte.

Los temores de Amelia aumentaron ante la insistencia de la gata, y repitió su advertencia más de una vez; pero el norteamericano seguía tomándoselo a risa, hasta que al final, viendo que mi esposa estaba realmente preocupada, le dijo:

—Le aseguro, señora, que no tiene por qué preocuparse por ese animal. De haberlo imaginado…

—Palmeó la pistolera que llevaba en la cadera—. De haber sabido que iba a tomárselo de este modo, allí mismo hubiera matado a esa gata, arriesgándome a la intervención de la policía por haber quebrantado la ley que prohibe llevar armas de fuego. —Mientras hablaba, miró por encima de la muralla, pero la gata, al verlo, retrocedió, con un maullido, hasta un lecho de altas flores y quedó oculta. El norteamericano continuó—: Que me empalen si ese bicho no sabe más lo que le conviene que la mayoría de los cristianos… Estoy seguro que no volveremos a verlo. Puede usted apostar lo que quiera a que ahora se marchará en busca de su hijo muerto para enterrarlo en privado.

Amelia se calló, para evitar que nuestro compañero, con la intención de tranquilizarla, cumpliera su amenaza de disparar contra la gata. De modo que continuamos nuestro paseo y cruzamos el pequeño puente de madera que conducía al camino pavimentado que se extendía entre el castillo y la pentagonal Torre de la Tortura. Mientras cruzábamos el puente vimos de nuevo a la gata debajo de

nosotros. Cuando el animal nos vio pareció despertar de nuevo su furor, y realizó frenéticos esfuerzos para trepar por la muralla sobre la cual discurría el puente. Hutcheson se echó a reír al mirar hacia abajo y ver a la gata, y dijo:

—¡Adiós, vieja niña! ¡Lamento haber lastimado tus sentimientos, pero lo olvidarás con el tiempo! ¡Adiós!

Y entonces atravesamos el largo y mal alumbrado pasaje abovedado y llegamos al portillo del castillo.

Cuando salimos de allí, después de haber visitado el más hermoso de los lugares antiguos —un lugar que ni siquiera los bienintencionados esfuerzos de los restauradores góticos durante cuarenta años han sido capaces de estropear—, parecíamos haber olvidado por completo el desagradable episodio de la mañana. El viejo limonero, con su tronco enorme retorcido por el paso de casi nueve siglos, el profundo pozo excavado en el corazón de la roca por los cautivos de aquellas épocas pretéritas, y el encantador panorama que se divisaba desde la muralla de la ciudad y desde la cual oímos, durante más de un cuarto de hora, los multitudinarios rumores de la urbe, todo esto contribuyó a distraer de nuestras mentes el incidente del gatito muerto.

Éramos los únicos visitantes que habían entrado en la Torre de la Tortura aquella mañana —al menos eso dijo el viejo guardián—, y el hecho de disponer del lugar de un modo tan exclusivo nos permitió efectuar un recorrido más detallado y más satisfactorio de lo que en otras circunstancias nos hubiéramos podido permitir. El guardián, considerándonos como la única fuente de ganancias de aquel día, se mostró muy solícito y dispuesto a satisfacer cumplidamente nuestra curiosidad. La Torre de la Tortura es en realidad un lugar siniestro, incluso ahora que millares de visitantes han infundido al lugar un hálito de vida, y de la alegría que se deriva de ella; pero en la época a que me refiero su aspecto era de lo más fúnebre que imaginarse pueda. El polvo de los siglos parecía haber tomado posesión de él, y la oscuridad y el horror de sus recuerdos lo habían impregnado de un modo que hubiera satisfecho a las almas panteístas de Philo o de Spinoza. Empezamos la visita por el sótano, una cámara tenebrosa, más tenebrosa aún en contraste con la cálida luz del sol que penetraba a través de la puerta abierta para ir a perderse en el vasto espesor de las paredes; unas paredes que, si hubiesen podido hablar, hubieran contado, seguramente, unas historias espantosas. Experimentamos una sensación de alivio al trepar por la polvorienta escalera de madera, precedidos por el guardián, que mantenía abierta la puerta exterior a fin de iluminar nuestro camino en la medida de lo posible, ya que el velón que ardía en un candelabro colgado de la pared proporcionaba una claridad insuficiente para nuestros ojos.

Cuando llegamos a la cámara situada directamente encima de la que acabábamos de abandonar, Amelia se apretó tan fuertemente contra mí que pude oír los latidos de su corazón. Debo confesar que no me sorprendió lo más mínimo su temor, ya que aquella estancia era más siniestra aún que la de debajo. Había más luz, desde luego, aunque sólo la suficiente para percibir lo horroroso del lugar. Los constructores de la torre sólo habían abierto ventanas en la parte más alta, diciéndose, seguramente, que los que tuvieran que llegar hasta allí no necesitaban para nada la alegría de la luz y de las perspectivas del paisaje. En la parte alta, como habíamos visto desde abajo, había hileras de ventanas de corte medieval, pero en los otros lugares de la torre sólo había unas estrechas aspilleras como es habitual en las fortificaciones medievales. Unas cuantas de aquellas aspilleras iluminaban débilmente la cámara, aunque estaban situadas a tanta altura que desde ninguna parte podía ser visto el cielo a través del espesor de las paredes. Apoyadas en desorden contra los muros, se veían unas cuantas espadas «cortacabezas», unas armas enormes, provistas de doble empuñadura y de una hoja muy ancha y muy afilada. También podían verse varios tajos en los cuales habían reposado los cuellos de las víctimas, llenos de profundas muescas en los lugares donde el acero había mordido la madera después de haber hendido la carne. Alrededor de la estancia, caprichosamente situados, se veían numerosos instrumentos de tortura, un espectáculo que helaba el corazón: sillas llenas de pinchos que producían un dolor inmediato e insoportable; sillas y reclinatorios llenos de nudos que producían un dolor aparentemente menos intenso, pero que, aunque más lento, eran igualmente eficaces; potros, cinturones, botas, guantes, colleras, para comprimir a voluntad; cestos de acero en los cuales la cabeza podía ser estrujada hasta convertirla en pulpa, en caso necesario; y otros numerosos artilugios inventados por el hombre para torturar a otros hombres. Amelia palideció intensamente a la vista de aquellos horribles instrumentos, aunque por fortuna no se desmayó, ya que cuando estaba a punto de hacerlo se sentó a descansar en una de las sillas de tortura: al darse cuenta del lugar en el cual se había sentado se levantó de un salto, perdidas todas las ganas de desmayarse. Amelia y yo aseguramos que la impresión se había producido a causa de las manchas que el polvo de la silla había dejado en su vestido, y a los pinchazos de sus agudas aristas, y el señor Hutcheson aceptó la explicación con una bondadosa sonrisa.

Pero el objeto central en el conjunto de aquella cámara de horrores era el artilugio conocido por el nombre de Virgen de Hierro, el cual se erguía en el centro de la estancia. Era una figura de mujer toscamente labrada, de tipo acampanado, o, para mejor comparación, parecida a la mujer de Noé dentro del Arca, aunque sin la delgadez de talle y la perfecta rondeur de cadera que caracterizan el tipo estético de la familia de Noé. Difícilmente se hubiera podido identificar a aquel artilugio con una figura humana, de no haber sido por el capricho del fundidor, que moldeó la parte superior dándole una vaga semejanza con un rostro de mujer. Estaba llena de herrumbre y cubierta de polvo; en la parte delantera, en el lugar que hubiera correspondido a la cintura, había una anilla de la cual podía tirarse por medio de una cuerda que llevaba atada y que pasaba por una polea sujeta a la columna de madera que sostenía el techo. El guardián tiró de la cuerda para mostrarnos que una parte frontal de la figura estaba articulada como una puerta que se abría a un lado; entonces vimos que el artilugio tenía un considerable espesor, y que en su interior quedaba el espacio justo para un hombre, puesto en pie. La puerta era del mismo espesor y de un peso enorme, ya que el guardián tuvo que utilizar toda su fuerza, a pesar de la ayuda de la polea, para abrirla. Este peso era debido, en parte, al hecho que estaba destinada a cerrarse por sí misma cuando se soltaba la cuerda. Al fijarnos en la parte interior de la puerta, pudimos darnos cuenta del siniestro objetivo de aquella diabólica invención. Allí había varios pinchos, largos y macizos, anchos en la base y afilados en las puntas, colocados en tal posición que, al cerrarse la puerta, los situados en la parte superior atravesaran los ojos de la víctima, y los de la parte inferior su corazón y sus entrañas. El espectáculo fue demasiado para la pobre Amelia, que esta vez se desmayó de veras, y tuve que sacarla de la cámara y sentarla en un banco hasta que recobró el sentido. Lo profundo de la impresión que sufrió quedó demostrado más tarde por el hecho que mi hijo mayor nació con un enorme lunar en el pecho, el cual es conocido en mi familia con el nombre de «La Virgen de Nuremberg».

Cuando regresamos a la cámara, encontramos Hutcheson enfrente de la Virgen de Hierro; no se había movido de allí, y era evidente que había estado filosofando, ya que al vernos se apresuró a ofrecernos el resultado de sus meditaciones, en forma de una especie de exordio.

—Bueno, creo que he aprendido algo aquí, mientras la señora ha estado fuera, recobrándose de su desmayo. En ciertos aspectos, estamos muy atrasados en nuestro lado del gran charco. Allá en mi tierra creemos que los indios se las saben todas en materia de hacer que un hombre se sienta incómodo; pero ahora estoy convencido que nuestros antiguos gobernantes medievales nos superaban con creces. Splinters, por ejemplo, era un maestro imaginando torturas; pero esta jovencita que tenemos aquí le hubiera hecho avergonzarse de su ignorancia. Sería muy provechoso que nuestro Departamento de Asuntos Indios instalara unos cuantos aparatos de esos en los alrededores de las Reservas, para que aquellos salvajes, y sus mujeres también, se diesen cuenta de cómo los habría tratado la antigua civilización, en el mejor de los casos. Creo que voy a meterme en esa caja unos instantes, sólo para ver qué efecto produce…

—¡Oh, no! ¡No! —exclamó Amelia—. ¡Es demasiado terrible!

—Mire, señora, no hay nada demasiado terrible para la mente investigadora. En mis buenos tiempos estuve en algunos lugares que usted llamaría terribles. Pasé una noche en el interior de un cementerio de Montana, mientras la pradera ardía a mi alrededor…, y en otra ocasión dormí dentro de un ataúd para escapar de los comanches, que estaban en el sendero de la guerra y ansiaban hacerse con mi cabellera. He pasado dos días en un túnel excavado en la mina de oro de Billy Broncho, en Nuevo México, y fui uno de los cuatro hombres que permanecieron enterrados vivos por espacio de dieciocho horas, cuando se desplomó el puente que estábamos construyendo en Buffalo. Nunca he rehuido una experiencia nueva, y no voy a empezar a hacerlo ahora…

Vimos que estaba dispuesto a seguir adelante con su idea, de modo que le dije:

—Bueno, dese prisa, viejo, y salga cuanto antes.

—De acuerdo, general —me respondió—. Pero no creo que debamos obrar con tanta precipitación. Los caballeros, predecesores míos, que entraron en esa lata, no lo hicieron voluntariamente, ni mucho menos. Y supongo que armarían un poco de gresca antes de dejarse meter en ella. Yo deseo entrar como Dios manda, e instalarme cómodamente. Tal vez el viejo galeote pueda traer una cuerda y atarme, para que la sensación sea más real…

Al viejo galeote no debió parecerle demasiado sensata la petición de Hutcheson, puesto que, por toda respuesta a su petición para que lo atara, se limitó a sacudir negativamente la cabeza. Sospecho, sin embargo, que su protesta fue puramente formal y estaba encaminada a obtener un ingreso suplementario, ya que cuando el norteamericano le hubo puesto en la mano una moneda de oro, desapareció unos instantes para regresar con una delgada cuerda. Inmediatamente procedió a atar a nuestro compañero, con la suficiente tirantez para el objetivo perseguido. Cuando la parte superior de su cuerpo estuvo atada, Hutcheson dijo:

—Espere un momento, juez. Creo que soy demasiado pesado para que pueda meterme usted en la lata. Entraré por mi propio pie, y luego puede atarme usted las piernas.

Mientras hablaba, se había metido de espaldas en la abertura, la cual era tan angosta que no le permitía ningún movimiento. Amelia contemplaba todo aquello con los ojos llenos de temor, pero no se atrevió a decir nada. Luego, el guardián completó su tarea atando los pies del norteamericano, de modo que nuestro compañero quedó absolutamente indefenso e inmóvil en su voluntaria cárcel.

Al parecer, lo estaba pasando en grande, a juzgar por sus palabras:

—¡Creo que a esta Eva la hicieron de la costilla de un enano! Aquí no hay espacio suficiente para un ciudadano adulto de los Estados Unidos. En Idaho solemos hacer más espaciosos nuestros ataúdes. Ahora, juez va usted a cerrar lentamente la puerta. Con todo cuidado, ¿eh? Quiero sentir el placer que experimentaron los caballeros que fueron huéspedes de este aparato, al ver que los pinchos empezaban a avanzar hacia sus ojos…

—¡Oh, no! ¡No! ¡No! —gritó Amelia, histéricamente—. ¡Es demasiado terrible! ¡No puedo soportarlo! ¡No puedo! ¡No puedo!

Pero el norteamericano era un hombre obstinado.

—Oiga, coronel —dijo—, ¿por qué no se lleva a la señora a dar un paseo? No quisiera herir sus sentimientos por nada del mundo; pero ahora que estoy aquí, después de haber recorrido trece mil kilómetros, me desagradaría mucho tener que renunciar a esta aleccionadora experiencia. Un hombre no puede sentirse como un artículo enlatado siempre que quiere… El juez y yo nos ocuparemos de esto, y luego pueden regresar ustedes y nos reiremos juntos.

Una vez más, la curiosidad le pudo al temor, y Amelia se quedó, fuertemente agarrada a mi brazo y estremeciéndose, mientras el guardián empezaba a soltar lentamente, pulgada a pulgada, la cuerda que sostenía la puerta de hierro. El rostro de Hutcheson estaba positivamente radiante mientras sus ojos seguían el lento avance.

—Bueno —dijo—, no la he gozado tanto desde que salí de Nueva York. Aparte de una pelea con un marinero francés en Wapping —y una pelea de tres al cuarto, por cierto—, no había tenido aún ocasión de divertirme de veras en este aburrido continente, donde no hay osos, ni indios, ni siquiera caballos. ¡Despacio, juez! ¡No se apresure! Quiero disfrutar el dinero que he pagado por el juego…

El guardián debía tener en sus venas algo de la sangre de sus predecesores en aquella siniestra torre, ya que iba soltando la cuerda con una deliberada y estremecedora lentitud, la cual, al cabo de cinco minutos, en cuyo espacio de tiempo la puerta había avanzado solamente unas pulgadas, empezó a agotar la resistencia de Amelia. Vi que sus labios palidecían, y noté que la presión de su mano en mi brazo se hacía más débil. Dirigí una mirada a mi alrededor en busca de un lugar donde hacerla reposar, y cuando la miré de nuevo a ella vi que sus ojos estaban clavados con una fijeza obsesionante en algo que estaba al lado de la Virgen. Siguiendo su dirección, vi a la gata negra agazapada y fuera de la vista de Hutcheson y del guardián. Sus ojos verdes brillaban como carbunclos en la penumbra del lugar, y su color quedaba intensificado por la sangre que todavía manchaba su pecho y enrojecía su boca. Grité:

—¡La gata! ¡Ahí está la gata!

Pero mi advertencia no impidió que el animal diera un salto, situándose delante del artilugio de hierro. En aquel momento su aspecto era el de un demonio victorioso. Sus ojos brillaban con ferocidad, su pelo estaba erizado hasta el punto de hacerla aparecer de un tamaño doble del que en realidad tenía, y su cola azotaba el aire como la de un tigre cuando se dispone a luchar.

Elías P. Hutcheson acogió la llegada de la gata como un nuevo motivo de diversión, y sus ojos centellearon, divertidos, mientras decía:

—¡Vaya con la gata! Eres tozuda, ¿eh? No la dejen acercarse a mí, pues indefenso como estoy podría sacarme los ojos… ¡Cuidado, juez! No suelte usted la cuerda o va a ensartarme.

En aquel momento, Amelia acabó de desmayarse, y tuve que sostenerla, tomándola por la cintura, para evitar que cayese al suelo. Mientras la atendía, vi que la gata se agazapaba para saltar, y me precipité hacia ella para tratar de impedirlo.

Pero el animal fue más rápido que yo. Profiriendo un diabólico maullido, saltó, no hacia Hutcheson, como todos esperábamos, sino a la cara del guardián. Sus garras, extendidas como las del dragón de los dibujos chinos, se clavaron en el rostro del pobre viejo, y en su descenso señalaron la mejilla con una franja roja por la que parecía fluir toda la sangre de su cuerpo.

Con un aullido de terror, el guardián saltó hacia atrás, soltando la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Di un salto hacia ella, pero era demasiado tarde, ya que el enorme peso de la puerta la arrastró antes que mi intervención pudiera resultar eficaz.

Antes que la puerta terminara de cerrarse, vi como en un relámpago el rostro de nuestro pobre compañero. Parecía helado de terror. Sus ojos tenían una expresión de indescriptible angustia, y ningún sonido salió de sus labios.

Afortunadamente, el final debió ser rápido, ya que cuando conseguimos abrir la puerta vimos que los pinchos habían penetrado tan profundamente que además de los ojos le habían traspasado el cerebro. La muerte tuvo que ser instantánea. Recibí tal impresión, que no fui capaz de hacer el menor movimiento cuando el cadáver de nuestro infortunado compañero salió proyectado hacia adelante, atado como estaba, y cayó pesadamente al suelo, donde quedó boca arriba.

Entonces me acordé de mi esposa y corrí hacia ella para sacarla de aquel lugar, ya que no deseaba que al recobrarse de su desmayo se encontrara ante un cuadro tan dantesco. Ya afuera, la acomodé en un banco y regresé a la horrible cámara. El guardián, apoyado en la columna de madera, sollozaba de dolor mientras se aplicaba a los ojos un enrojecido pañuelo. Y, sentada sobre la cabeza del pobre norteamericano, la gata maullaba sordamente mientras la sangre fluía a través de las vacías cuencas de los ojos del muerto.

Creo que nadie me echará en cara lo que hice a continuación: tomé una de las antiguas espadas «cortacabezas» y partí en dos a la gata sobre la misma cabeza de Elías P. Hutcheson

FIN

SEXTA HISTORIA

LA CAJA OBLONGA

de Edgar Allan Poe

Sinopsis

Durante una travesía marina, el narrador de la historia se empeña en averiguar el contenido de una caja de madera que curiosamente su dueño se empeña en guardar en un camarote en vez de enviarlo a la bodega del barco.

Hace algunos años reservé una plaza para viajar desde Charleston a la ciudad de Nueva York en el bonito paquebote Independence, del capitán Hardy. Zarparíamos el día 15 de Junio si el tiempo lo permitía; y el día 14 subí a bordo para arreglar algunas cosas en mi camarote.

Me enteré de que los pasajeros iban a ser numerosos y que figurarían entre ellos un numero de damas mayor que el de costumbre. En la lista aparecían los nombres de algunas de mis amistades y entre otros me alegré de ver al señor Cornelius Wyatt, un joven artista hacia el que yo sentía cálida amistad. Había sido condiscípulo mío en la Universidad de C… en la que éramos, además, íntimos amigos. Poseía el temperamento ordinario del genio y era una autentica mezcla de misantropía, sensibilidad y entusiasmo. A estas cualidades unía el mejor corazón que jamás haya latido en pecho humano.

Observé que su nombre figuraba en tres tarjetas adheridas al dintel de tres camarotes; y al consultar nuevamente la lista de pasajeros, vi que había reservado plaza para él, para su esposa y para dos hermanas suyas. Los camarotes eran suficientemente espaciosos y cada uno de ellos tenía dos literas, una sobre la otra. Por supuesto, estas literas eran tan estrechas que en ellas no cabía más de una persona. Aun así, no podía comprender por qué se habían reservado tres camarotes para aquellas cuatro personas. En aquella época me hallaba yo en uno de esos momentos en los que el hombre se siente anormalmente curioso por cualquier cosa, y confieso, con vergüenza, que me entretuve en hacer una serie de conjeturas malas y buenas sobre aquel asunto del exceso de camarotes. Por supuesto que nada de aquello era cosa mía; mas no por ello insistí menos en tratar de resolver el enigma. Por fin llegué a una conclusión que me hizo preguntarme cómo no lo había pensado antes.

“se trataba de algún sirviente —me dije—. ¡Qué estúpido no haber caído antes en una solución tan evidente!” y una vez más, consulté la lista… , pero allí no vi el nombre de ningún sirviente que formara parte del grupo, aunque sí me fije en que, al parecer, había anotado “y un criado” y luego se habían tachado las palabras.

“¡Oh, se tratará de equipaje extra! —me dije a continuación—. Algo que el desea no se almacene en las bodegas, algo que desea vigilar personalmente… ¡Ah! Ya lo tengo, seguramente se tratará de algún cuadro o así, y esto es lo que debió estar tratando con Nicolino, el judío italiana.”

Esta idea me satisfizo, y por el momento, abandoné mi curiosidad.

Yo conocía muy bien a las dos hermanas de Wyatt, dos muchachas muy amables e inteligentes. Wyatt estaba recién casado, pero yo todavía no conocía a su esposa. El me había hablado muy a menudo de ella, sin embargo, y arrastrado por el entusiasmo habitual que dedicaba a todas sus cosas, me la había descrito como mujer de sorprendente belleza, inteligencia y educada. Por lo tanto yo estaba deseando conocerla personalmente.

En el día en que yo visite el barco, día 14, Wyatt y su familia también lo visitarían –así me informo el capitán— y esperé a bordo una hora más del tiempo que yo tenía pensado con la esperanza de ser presentado a la reciente esposa, pero entonces llegó hasta mí una nota de disculpa:

“La señora Wyatt se hallaba un poco indispuesta y no

embarcará hasta el día siguiente, a la hora de zarpar.”

Había llegado el día siguiente y yo me dirigía desde el hotel al muelle cuando me encontré con el capitán Hardy, quien me dijo que “debido a ciertas circunstancias (frase estúpida, pero conveniente), había decidido que el Independence no zarpase hasta dentro de un día o dos y que cuando todo estuviese preparado me lo haría saber”. Pensé que esto era extraño, ya que en aquellos momentos soplaba una buena brisa del sur, pero como las circunstancias no se revelaron, por mucho que insistí sobre ello, no me quedó más remedio que regresar al hotel y rumiar en solitario mi impaciencia.

No recibí el esperado mensaje del capitán hasta que transcurrió una semana. Inmediatamente fui a bordo. El buque estaba abarrotado de pasajeros y por todas partes se evidenciaba el bullicio de una pronta salida del puerto. El grupo de Wyatt llego diez minutos después de haberlo hecho yo. Allí estaban las dos hermanas, la esposa y el artista; éste último, al parecer, abrumado por una de sus “venas” de misantropía. Sin embargo, yo ya estaba muy acostumbrado a su temperamento para concederle alguna importancia. Ni siquiera me presentó a su esposa –esta cortesía corrió a cargo de su hermana Marian—, dulce e inteligente muchacha, quien, con pocas y apresuradas palabras, hizo la presentación.

La señora Wyatt ocultaba su rostro tras espeso velo y cuando lo alzó, ante mi cortés inclinación, confieso que me quede profundamente asombrado. Por supuesto, habría sentido en tales momentos un asombro mucho mayor de no haber estado acostumbrado a las entusiásticas descripciones de mi amigo, el artista, cuando las dedicaba a alguna mujer. Y si el tema era la belleza también conocía yo con cuánta facilidad se dejaba arrastrar hacia las regiones de lo profundamente ideal.

Lo cierto es que no podía yo considerar a la señora Wyatt más que como una mujer corriente, de aspecto vulgar. Aunque no positivamente fea, creo que no estaba muy lejos de serlo. Sin embargo, vestía con gusto exquisito, y entonces no me cupo la menor duda de que la mujer había conquistado el corazón de mi amigo por las duraderas gracias del intelecto y del alma. La mujer pronunció muy pocas palabras e inmediatamente se retiró a su camarote con el señor Wyatt.

Entonces se apoderó de mí, una vez más, la curiosidad. No había “sirvientes”, esto estaba ya claro. Por lo tanto, esperé a que llegara el equipaje. Éste, tras alguna demora, llegó al muelle. Un carro transportando una oblonga caja de pino; esto parecía ser todo. Tras embarcar la extraña caja, el buque zarpó enseguida y al cabo de poco tiempo habíamos atravesado la barra para salir a alta mar.

La caja en cuestión, repito, era oblonga. Tenía unos seis pies de longitud por dos y medio de anchura. La observé cuidadosamente y por esto deseo ser preciso. Ahora bien, esta forma era “peculiar”. Y tan pronto como la vi, casi me felicité a mí mismo por haber acertado en mis suposiciones. Se recordará que había llegado a la conclusión de que extra de mi amigo, el artista, estaría formado por cuadros, o por lo menos un cuadro; pues yo sabía que desde hacia unas semanas estaba en contacto con Nicolino… y ahora allí estaba aquella caja que, por su forma, no podía contener otra cosa que no fuese una copia de La Última Cena, de Leonardo da Vinci; y yo sabía que desde hacía algún tiempo, Nicolino poseía una copia de esta Última Cena pintada por Rubini, el joven, en Florencia. Por lo tanto, aquel punto quedaba aclarado. Cloqueé con la garganta un par de veces cuando pense en mi agudeza mental. Era la primera vez— al menos así yo lo creía— que Wyatt me ocultaba uno de sus secretos artísticos; era, pues, evidente, que estaba tratando de evitar mi curiosidad y contrabandear el hermoso cuadro llevándolo hasta Nueva York, ante mis propias narices; y esperando sin duda alguna que yo no intuyera nada del asunto. Resolví seguir su juego y a la vez chancearme de él a placer.

Sin embargo, hubo una cosa que me molestó un poco. La caja no fue a parar al camarote extra. Quedó depositada en el propio camarote de Wyatt, y allí permaneció ocupando casi la totalidad del suelo, sin duda molestando mucho al artista y a su esposa, mucho más aún debido a la brea o pintura que aparecía en el rotulo de la caja en forma de grandes letras, pintura que emitía, al menos para mi, un olor fuerte y desagradable. Sobre la caja se leía: “Señora Adelaide Curtis. Albany, Nueva York. Envío de Cornelius Wyatt, esq. Este costado hacia arriba. Manéjese con cuidado.”

También yo sabía que la señora Adelaide Curtis, de Albany, era la madre de la esposa del artista, pero en aquel instante consideré la dirección en cuestión como una mixtificación dirigida especialmente a mi persona. Decidí, sin embargo, que la caja y su contenido nunca llegarían más al norte del país que el punto donde se encontraba el estudio de mi amigo, en Chambers Street, Nueva York.

Durante los primeros tres o cuatro días disfrutamos de muy buen tiempo, aunque el viento había amainado mucho en cuanto perdimos la costa de vista. Consecuentemente, los pasajeros mostraban un magnifico espíritu jovial. Sin embargo, debo exceptuarme yo, Wyatt y sus hermanas, que se comportaban muy rígidamente, y a mi parecer, poco cortésmente con el resto de la gente. No me extrañaba nada la conducta de Wyatt. Se mostraba tristón, incluso más que de costumbre, pero su comportamiento repito que para mi no tenía nada de particular porque ya lo conocía. Sin embargo, yo no hallaba excusas para el caso de sus hermanas. Se encerraron en sus camarotes durante la mayor parte de la travesía y se negaron totalmente, a pesar de mis esfuerzos, a relacionarse con nadie a bordo.

La señora Wyatt se mostraba mucho más agradable. Es decir, se mostraba más bien “locuaz” y el ser locuaz no es cosa recomendable en el mar. Intimaba “excesivamente” con la mayor parte de las damas; y ante mi profundo asombro, mostraba también cierta disposición a coquetear con los caballeros. Nos divertía a todos mucho. Digo “divertía”, y apenas sé cómo explicar esto. La verdad es que muy pronto supe que la gente se reía más “de ella” que “con ella”. Los caballeros decían muy pocas cosas de ella; pero las damas, de vez en cuando, la declaraban mujer “de buen corazón, de aspecto indiferente, ineducada y decididamente vulgar”. Lo verdaderamente extraño era cómo Wyatt había aceptado semejante unión. La riqueza parecía ser la lógica respuesta, pero yo también sabia que no lo era; porque Wyatt me había dicho que su esposa no tenía un solo dólar ni esperanzas de tenerlo. Dijo que se había casado porque la amaba, “por amor, y solamente por amor, y que su esposa era digan de algo mucho más valioso que su amor”. Cuando yo pensaba en estas expresiones por parte de mi amigo, confieso que me sentía enormemente desorientado. ¿Sería posible que estuviera volviéndose loco? ¿Qué otra cosa podía yo pensar? ¡Él, tan refinado, tan intelectual, tan remilgado, con percepción tan exquisita para lo defectuoso y tan aguda para apreciar lo bello! Evidentemente, la mujer parecía apreciarle mucho —particularmente en ausencia de él— cuando ella hacía el ridículo citando todas las cosas que le decía “su amado esposo, el señor Wyatt”. La palabra “esposo” parecía estar siempre, según una de sus propias expresiones, “en la punta de su lengua”. Mientras tanto, y esto lo observaba todo el mundo a bordo, él “la evitaba” en forma inequívoca, y durante la mayor parte del tiempo, Wyatt permanecía encerrado en su camarote, dejando que su esposa se divirtiese libremente en el salón principal de a bordo.

La conclusión a que finalmente llegué, tras oír y ver, fue que el artista, debido a un imprevisible fallo del destino, o quizá dejándose arrastrar por un rapto de entusiasmo y fantástica pasión, que se había unido a una persona que estaba muy por debajo de él y que el resultado natural había sido un repentino desagrado. Yo le compadecía profundamente, pero no por esto podía perdonarle la falta de amistad que me había demostrado en el asunto de La Última Cena. Y sólo por esta razón resolví vengarme.

Un día subió a cubierta y tomándole por un brazo, deliberadamente, comencé a pasear con él de un lado a otro. Sin embargo, no parecía que su tristeza desapareciese en absoluto (cosa que yo consideraba natural, dadas las circunstancias). Habló poco, y lo poco que dijo lo expresó de mal humor y con evidente esfuerzo. Aventuré un chiste o dos, y realizó un tremendo para esbozar una sonrisa. ¡Pobre animal! Al pensar en “su esposa” me pregunté de dónde sacaría fuerzas el hombre para poner aquella cara tan triste. Finalmente quise esbozar una finta de ataque. Inicié una serie de insinuaciones sobre la caja oblonga, nada más que para hacerle percibir, gradualmente, que yo no era víctima de su poco agradable mixtificación. Mi primera observación fue un disparo de batería camuflada. Dije algo acerca de “la peculiar forma de aquella caja”, y al mismo tiempo que hablaba, sonreí condescendientemente, guiñé un ojo y a continuación toqué cariñosamente sus costillas con la yema del dedo índice.

La manera en que Wyatt recibió este gesto amistoso me convenció inmediatamente de que estaba loco. Al principio me miró como si hallase imposible comprender la agudeza de mi observación; pero cuando la idea comenzó a penetrar gradualmente en su cerebro, tuve la impresión de que los ojos se le iban a saltar de sus órbitas. Se sonrojó violentamente y después palideció, y acto seguido, como si lo que acabara yo de insinuarle fuese el chiste más divertido del mundo, comenzó a reír a carcajadas, con creciente vigor. Esta actitud duro por lo menos diez minutos. En consecuencia, el hombre cayó sobre cubierta, pesadamente. Cuando me apresuré a levantarle, parecía hallarse totalmente “muerto”.

Pedí ayuda, y con grandes dificultades conseguimos hacerle recuperar el conocimiento. Al hacerlo así habló incoherentemente durante algún tiempo. Finalmente, se le hizo una sangría y le acostamos. A la mañana siguiente se había recuperado bastante, al menos en lo que se refería a su salud corporal. Por supuesto, de su mente no afirmo nada. Le evité durante el resto de la travesía por consejo del capitán, quien parecía coincidir conmigo totalmente sobre mis puntos de vista acerca del estado mental de mi amigo, pero al mismo tiempo me advirtió que no se lo comunicara a nadie de a bordo.

Inmediatamente después de todo esto surgieron circunstancias que contribuyeron a acrecentar la curiosidad que ya me abrumaba. Entre otras cosas, la siguiente: me sentía nervioso, bebía té con exceso y dormía mal por la noche. En realidad, hacia dos noches que no dormía casi en absoluto. Mi camarote estaba orientado al salón principal o comedor, como ocurría con los demás camarotes de los solteros. Los tres alojamientos de Wyatt se hallaban más allá del salón principal separados de éste sólo por una ligera puerta corrediza que jamás se cerraba, ni siquiera por las noches. Como constantemente navegábamos con buen viento, el buque escoraba de vez en cuando hacia estribor. Siempre que ocurría esto, la puerta corredera se deslizaba hacia un lado y quedaba abierta sin que nadie se tomara la molestia de cerrarla. Pero mi camarote ocupaba tal posición, que cuando yo tenía mi puerta abierta, y a la vez se hallaba abierta la del salón, veía perfectamente los otros camarotes (yo siempre tenía mi puerta abierta a causa del calor), y en consecuencia distinguía el lugar donde se hallaban los camarotes del señor Wyatt. Bien, pues durante dos noches (no consecutivas), mientras yo permanecía tendido despierto en mi litera, vi claramente a la señora Wyatt que salía cautelosamente del camarote de su esposo y entraba al camarote extra donde permanecía hasta el amanecer, momento en que su esposo la llamaba para que regresara al primer camarote. Estaba claro que, virtualmente, se hallaban separados. Y tampoco había duda de que disponían de camarotes separados, quizá esperando el momento en que el divorcio fuese mucho más permanente. En todo aquello, después de todo, estaba el misterio que tanto me había intrigado. El misterio del camarote extra.

Había otra circunstancia que también me interesaba mucho. Durante aquellas dos noches que permanecí despierto e inmediatamente después de la desaparición de la señora Wyatt en el camarote extra me llamaron la atención ciertos ruidos extraños y ahogados que partían del camarote de mi amigo Wyatt. Tras escuchar durante cierto tiempo, por fin logré traducir perfectamente su origen. Eran los ruidos del artista que abría la caja oblonga con auxilio de algún cincel y martillo, y quizá este último se hallaba envuelto en algún trapo o almohadilla para evitar ruidos más estridentes.

De esta forma, mi imaginación veía el momento preciso en que Wyatt alzaba la tapa de la caja y cómo depositaba esta última sobre la litera inferior de su camarote. Esto último lo imaginaba yo, a juzgar por el ruido de la madera contra los bordes de la litera, ya que en el suelo no le quedaba espacio para colocarla. Tras estos ruidos seguía un silencio de muerte, y no se volvía a oír nada hasta el amanecer; a no ser, quizá, que debo mencionar un suave sollozo o murmullo, tan reprimido que casi era inaudible, aunque también es posible que tal sonido solo se debiese a mi imaginación. Digo que se parecía a un sollozo, murmullo o suspiro, pero, por supuesto puede que no fuese ninguna de estas cosas. Más bien creo que fue un suave zumbido en mis oídos. El señor Wyatt, sin duda alguna, se hallaba inmerso en uno de sus favoritos raptos de entusiasmo artístico. Había abierto la caja oblonga con objeto de disfrutar de la vista de su tesoro pictórico. Sin embargo, aquello no era motivo para emitir ningún sollozo. Por lo tanto, repetiré que, probablemente, tal sonido se debiese, más bien, a mi imaginación, exaltada sin duda por el fuerte té verde del capitán Hardy. Poco antes del amanecer, en cada una de las dos noches que menciono, escuché claramente como el señor Wyatt colocaba la tapa sobre la caja oblonga y volvía a clavarla empleando los clavos y el martillo con la cabeza envuelta en algo suave. Habiendo hecho esto, había salido de su camarote, totalmente vestido, y se había acercado al otro camarote para llamar a la señora Wyatt.

Hacía siete días que navegábamos, y nos encontrábamos en aquel momento cerca del cabo Hatteras, cuando llegó un fuerte viento desde el sudoeste. Estábamos bien preparados para ello, ya que el tiempo había estado avisando a intervalos. Bajo este viento navegamos perfectamente durante cuarenta y ocho horas. El buque estaba demostrando estar muy bien acondicionado para cualquier eventualidad. Sin embargo, al final de este período de tiempo, el fuerte viento se había convertido en un huracán hasta el punto de que llegamos a perder una de las velas mayores que inmediatamente quedo hecha trizas. Las enormes olas comenzaron a saltar sobre la cubierta y muy pronto perdimos tres hombres, la cocina y casi la totalidad de las amuradas de babor. Apenas no habíamos dado cuenta de lo que estaba ocurriendo cuando la copa de trinquete se hizo mil pedazos. A continuación, el viento se calmó y durante algunas horas más navegamos a gran velocidad aún cuando el viento no se había calmado por completo.

No parecían presentarse señales de que la tempestad fuese a calmar. Todo el aparejo se hallaba en muy malas condiciones, y al tercer día de haber estallado la tormenta, nuestro palo de mesana saltó por la borda, y durante una hora o más, tratamos en vano de desembarazarnos de los cordajes que le sujetaban aún a bordo, en vano a causa del formidable movimiento del buque; y antes de que hubiésemos logrado el éxito, llegó el carpintero a popa para anunciar que había cuatro pies de agua en las bodegas. Para que las cosas resultaran aún más complicadas, las bombas estaban atascadas y casi inútiles.

Todo era confusión y desesperación, pero hicimos un esfuerzo para aligerar el barco arrojando por la borda toda la carga que nos fuera posible y hasta cortamos los dos mástiles que quedaban en pie. Esto último lo conseguimos bien, pero todavía no lográbamos hacer nada con las bombas; y mientras tanto, la vía de agua de las bodegas estaba agrandándose más y más.

A la puesta del sol, la galerna había disminuido en su violencia muy sensiblemente, y, a medida que la mar fue calmándose, aumentaron nuestras esperanzas de poder salvarnos en los botes. A las ocho de la tarde, las nubes se abrieron bajo el viento y vimos la luna llena, espectáculo que alegró un tanto nuestros decaídos espíritus.

Tras increíble trabajo conseguimos colocar el largo bote salvavidas a lo largo de una banda sin que ocurriera nada grave, y embarcaron en él toda la tripulación y la mayor parte de los pasajeros. Este grupo partió inmediatamente, y tras penosos sufrimientos, llegó sano y salvo a Ocracoke Intel, al tercer día de navegación.

Catorce pasajeros, con el capitán, permanecimos a bordo resueltos a probar fortuna con el bote de popa. Le hicimos descender sin dificultad, aunque fue un milagro que no se estrellara al tocar con el agua. Contenía al capitán y su esposa, el señor Wyatt y familia, un oficial mexicano, su esposa y cuatro niños, y yo, más un mayordomo negro.

Por supuesto, no teníamos espacio más que para los instrumentos más necesarios, algunas provisiones y las ropas que cargábamos en la espalda. Nadie había intentado salvar ninguna cosa más. Lo que asombró a todo el mundo fue que cuando habíamos descendido unas cuantas brazas, el señor Wyatt se puso en pie en popa y fríamente exigió que el bote regresara con el propósito de cargar en él su caja oblonga.

—Siéntese, señor Wyatt —replicó el capitán, con tono un tanto duro—. Hará usted que el bote oscile si no se está quieto. Ya casi tocamos el agua.

—¡La caja! —vociferó el señor Wyatt todavía en pie—. La caja… ¡Oiga, capitán! ¡Capitán Hardy!… usted no puede negarme eso. Su peso nada significará porque pesa muy poco. ¡Por la madre que le dio el ser, por el amor del cielo, por sus esperanzas de salvación, le ruego que me ayude a cargar esa caja!

El capitán, durante un momento, pareció conmoverse por la angustiosa apelación del artista, pero al cabo de unos segundos volvió a adoptar su dura actitud, y simplemente dijo:

—Señor Wyatt, usted está loco. No puedo escucharle. Siéntese, o de lo contrario, volcará la embarcación… ¡Cogedle, agarradle! ¡Va a saltar afuera!

Cuando el capitán grito esto, el señor Wyatt, en efecto, había saltado desde el bote y como aún nos hallábamos a sotavento, realizando un esfuerzo prodigioso, puedo agarrar la soga que colgaba de las cadenas de proa. Al cabo de unos instantes se hallaba a bordo nuevamente, corriendo frenéticamente hacia el camarote.

Mientras tanto, nosotros habíamos sido arrastrados hacia la popa del barco y al alejarnos de su sotavento quedábamos a merced del arbolado mar que aún permanecía agitado. Hicimos un esfuerzo por acercarnos más al buque, pero nuestro bote era como una pluma bajo el soplo de la tempestad. De una sola ojeada nos dimos cuenta de que se había firmado la sentencia del artista.

A medida que aumentaba nuestra distancia del buque, el loco (pues sólo así se le podía considerar), surgió por la escalera de la cámara, con un esfuerzo que parecía gigantesco, cargando con la caja oblonga. Mientras todos le mirábamos extremadamente asombrados, Wyatt enrolló dos o tres veces alrededor de la caja una soga de tres pulgadas y luego hizo lo mismo con su propio cuerpo. Al cabo de un instante, cuerpo y caja cayeron al agua, desapareciendo súbitamente para siempre.

Nos inclinamos tristemente sobre nuestros remos sin apartar los ojos de aquel punto. Finalmente nos alejamos. Durante casi una hora reinó el silencio entre todos nosotros. Luego aventuré una observación.

—¿Se dio cuenta usted, capitán, cuán rápidamente se hundió? ¿No ha sido eso algo singular? Confieso que aún albergaba algunas esperanzas de que se salvara al ver lo que hizo consigo mismo y con la caja para lanzarse al agua.

—Efectivamente, se hundieron como una bala de cañón —respondió el capitán—, pero volverán a flotar, sin embargo…, “pero no hasta que no se disuelva la sal”.

—¡La sal! –exclamé.

—¡Cállese! –replicó el capitán, llevándose un dedo a los labios, al mismo tiempo que señalaba a la esposa y hermanas del desaparecido—. Hablaremos de eso en otro momento.

***

Lo pasamos muy mal y logramos salvarnos; la fortuna nos favoreció al igual que a nuestro compañeros del bote grande. Llegamos a tierra más muertos que vivos al cabo de cuatro días de intensos sufrimientos, atracando en la playa que había frente a Roanoke Island. Permanecimos allí durante una semana, donde no se nos trató mal del todo, y por fin, logramos pasaje para Nueva York.

Un mes después de la pérdida del Independence, me encontré con el capitán Hardy en broadway. Nuestra conversación giro, naturalmente alrededor del desastre, y , especialmente, acerca del triste destino del pobre Wyatt. Así fue como me enteré de los detalles.

El artista había reservado pasaje para él, su esposa, sus dos hermanas y una sirviente. Su esposa era, tal y como él había asegurado, una mujer bella y encantadora. En la mañana del 14 de Junio (día en el que visité yo el barco por primera vez), la dama se había puesto súbitamente enferma y había fallecido. El joven esposo casi se había vuelto loco de dolor, pero las circunstancias impedían que demorase su viaje a Nueva York. Era necesario llevar el cuerpo de la adorada esposa a la madre de ésta, y, por otra parte, era evidente el perjuicio que se produciría a la compañía naviera si así se hacía. Casi todos los pasajeros habrían cancelado el viaje porque a nadie le agradaría viajar con un cadáver a bordo.

Ante este dilema, el propio capitán Hardy dispuso que el cadáver se embalsamara y se cubriese con cierta cantidad de sal en una caja de dimensiones adecuadas que se embarcaría como mercancía. Se guardaría silencio sobre el fallecimiento de la dama, y como todo el mundo sabia que el señor Wyatt había reservado pasaje para su esposa, se hizo necesario que alguna persona la representara durante el viaje. Y así lo hizo la doncella de la difunta. Por esta razón se había mantenido la reserva del camarote extra que era donde dormía la falsa esposa todas las noches. Durante el día, la doncella desempeñaba lo mejor que podía el papel de su fallecida señora, a la que, por supuesto, no conocía personalmente ninguna persona de las que se encontraban abordo.

Desde luego, mis propios errores fueron fruto de un temperamento descuidado, inquisitivo y demasiado impulsivo, pero desde hace ya tiempo no duermo bien. Hay un rostro que me observa constantemente. Y unas carcajadas histéricas que sonarán para siempre en mis oídos.

S S S

SUPER SHORT STORIES

Para escribir tu SSS tienes varios ejemplos para que veas “de qué va la cosa”. Y para escribir la tuya, deberás inspirarte en una de las fotos e inventar tu propia historia.

El Edén

 Hay trece mil quinientas cuatro hojas en el jardín del Edén. Las acabo de contar todas.

Cambio de sitio

Todas las noches mientras duermo, oigo pasos por el pasillo. Me levanto y no veo a nadie hasta que me giro y veo en el espejo el reflejo de una mujer descalza. Cuando me levanto por las mañanas, mis zapatos están siempre en el otro extremo del pasillo.

 Se despertó sobresaltado

Se despertó sobresaltado. El terciopelo rojo tenía un tacto suave y cálido. La música fúnebre aún se oía en lo alto.

 BLOODY MARRY

Dice la leyenda que si gritas Bloody Mary diez veces a las cuatro de la mañana aparece tu madre y te da una colleja.

 Venganza póstuma.

Les juro que soy inocente de la muerte de este animal marino, quizás me considere cómplice de quien lo despojó de su hábitat dejándolo morir asfixiado. No fui yo quien lo destripó para que ahora me pague con la misma moneda clavando su espina asesina en mis entrañas.

 LA LLAMADA

De Fredric Brown

El último hombre sobre la Tierra estaba solo en una habitación. Sonó una llamada a la puerta…

Monstruo

De Ángel Olgoso

—¡Eres un monstruo! —le grito ella. Él asintió con lo que parecía su cabeza.

Los fantasmas y yo

De René Avilés fabila

 Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

Diferente

De Jose emilo pacheco

Durante mucho tiempo recurrí a todos los medios para que la humanidad se enterara de su existencia. Agotó la esperanza. Entonces se dio cuenta de que era un fantasma

 CRUCE

De Arturo Pérez Reverte

Cruzaba la calle cuando comprendió que no le importaba llegar al otro lado.

 LA ÚLTIMA CENA

De Ángel García Galiano

 El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.

EL HOMBRE INVISIBLE

De Gabriel Jiménez Emán

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

FOTOS SSS

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horror

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mujer ardiendo

sangre

traga

debajo de la cama

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13 comentarios sobre “La Caja Oblonga

  1. Es muy fascinante y terrorifico. Gracias por escribir los libros mas escalofriantes e intrigantes del mundo. ” te lo escriben dos niños muy orgullosos por escribir historias de terror y visitar nuestro colegio Ofra Vistabella” atentamente Kevin y Cesar. Admiramos “TUS LIBROS Y CARACTER”

  2. Hola, seguramente no te acordarás de mi, ni publicaras mi historia, pero quería decirte que yo si me acuerdo de ti y siempre lo haré pues nos has traído al Narciso Brito las mejores de las historias de terror y suspense que he leído y espero tener pronto noticias tuyas. De Estrella González del CEIP Narciso Brito. PD. Ven el próximo año para que los de 5º tengan tantas esperiencias y que aprendan tanto como yo.
    BESOS….

    1. Querida Estrella, pronto publicaré todas las historias y por supuesto estará la tuya. Te felicito, otra vez, por la puesta en escena que hizo tu grupo de “La mano fría” Sigo alucinando por lo bien que lo hicieron y por hacérmelo pasar de miedo con miedo.
      Besos

      1. Vale, ¿te gustó mi historia? más o menos estarán para febrero ¿no? esperaré y no dudes que cuando estén publicadas mire el blog y avise a todos mis compañeros. Por cierto en la casa del terror del PIT faltó tu ayudante para que diera miedo….
        Has que no tenga que iniciar sesión para publicar un mensaje por favor.
        Saludos

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