Nuestra política despeinada

En una ciudad como la nuestra, La Laguna, la demanda de la cultura parece que se convierte en un acto extraordinario. Aquello que debería ser un valor de identidad es una cuestión anecdótica y efímera o en su más severo extremo, rimbombante y fastuosa. Son pocas las oportunidades para disfrutar de encuentros. Y ya no hablo de la carencia de base que tienen las futuras generaciones. El rapto de los espacios que tenemos en esta ciudad no es para nada equiparable a la responsabilidad política por haber mutilada a generaciones de ese contacto. Me remito a la sabia consigna de Grotowsky: “todo el mundo es hijo de alguien” referido por supuesto al arquetipo cultural que todos guardamos en el inconsciente. Calculemos entonces qué herencia les deja una sociedad que se desvanece en errores. La dramaturgia del esperpento de nuestra última política cultural se rescribe con la ausencia de acción. Cada vez me cuesta más entender qué espera la clase política de una sociedad que se empobrece. A este paso no solo seremos espectadores televisivos, seremos más que nada telehabitantes a favor de intereses creados. El conflicto se eterniza y las tramas y subtramas navegan a la deriva. Será cuestión de llenarlo de verdaderos actuantes que reconduzcan el caos. ¿Es la convivencia con la cultura una extraña que los inquieta? No sabemos si hay verdaderamente malicia o torpeza, no sabemos si es que a su vez fueron víctimas de otros malos gestores y es por eso que la escasa dimensión de la cultura sea un vicio aprendido. Esta especie de cainismo se proyecta en el ciudadano con la pena y el castigo a vagar durante el tiempo esperando a que algo suceda. Aquí todos esperamos a Godot en un compás de resignado minimalismo. Citar a Ionesco confirma el error que arrastra nuestra memoria social y política: “las ideologías nos separan, los sentimientos y las angustias nos unen”. Por tanto, si caer en la oratoria vacía es oficio del que lo critica todo, hagamos oficio contrario y no esperemos más. Pasemos a la acción. Usemos el poder de la palabra, del gesto, de la música y del coraje estético del teatro para no perdernos más. Evangelizar no es nuestra misión, pero si hacer de espejos y articuladores de los resortes secretos de las conciencias. No creo que el teatro se erija como salvador de la sociedad, pero sí creo ciegamente que contribuye a transformarla y a enriquecerla. La pedagogía de la presencia es la única acción que nos queda cuando nada más se ejercita. Y eso sólo se consigue entrenándola.

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